Perdonar
Casi todos cargamos con alguien. Un padre que no estuvo, un hermano que traicionó, alguien que se fue, alguien que hizo un daño que no se arregla. Y en medio de eso rezamos todos los días una frase tremenda: «perdonanos como nosotros perdonamos». Esta página es para mirar eso de frente: qué pide Dios exactamente, qué no está pidiendo —que es donde más se confunde la gente— y qué hacer si querés perdonar y no te sale.
No hay manera de esquivarlo: es la única petición del Padrenuestro que trae una condición puesta por el mismo Jesús. Y cuando Pedro quiso ponerle un número —«¿Hasta siete veces?»—, la respuesta fue «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18, 21-22), que en la manera de hablar de entonces quiere decir sin límite.
Y contó por qué. En la parábola, el siervo al que le perdonaron una deuda impagable sale afuera y agarra del cuello al que le debía monedas. El señor lo llama: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, puesto que yo me compadecí de ti?» (Mateo 18, 33). Ahí está todo el asunto: nosotros ya fuimos perdonados de mucho más. Perdonar no es un favor que le hacemos a Dios, es dejar correr para otros el agua que nos llegó a nosotros.
Acá se traba la mayoría, y casi siempre por cosas que la Iglesia nunca pidió:
- No es olvidar. La memoria no se maneja con la voluntad. Vas a seguir acordándote, y eso no significa que no perdonaste.
- No es decir que no dolió, ni que no fue grave, ni que en el fondo el otro tenía razón. Perdonar supone lo contrario: que hubo un daño real. Si no hubo daño, no hay nada que perdonar.
- No es dejar de sentir. Podés haber comenzado a perdonar de verdad y que el dolor siga ahí un tiempo largo. El perdón no se mide sólo por una emoción: compromete también la voluntad y necesita la gracia de Dios.
- No es volver a la relación. Perdonar y reconciliarse son cosas distintas: el perdón puede comenzar de un solo lado; restaurar la confianza requiere verdad, arrepentimiento, cambio y condiciones de seguridad, y a veces no será posible ni prudente. Si hay violencia o abuso, no estás obligado a volver ni a mantener el contacto. Ponerte a salvo y buscar ayuda es compatible con perdonar.
- No es renunciar a la justicia. Se puede perdonar, pedir reparación y denunciar. Cuando alguien corre peligro, protegerlo y buscar ayuda especializada es una responsabilidad grave; denunciar puede ser necesario y, según el caso, también una obligación legal. San Pablo dice «No os venguéis por vuestra cuenta» (Romanos 12, 19) · lo que queda descartado es la venganza personal, no la justicia.
- No es hacerlo solo y de una vez. Suele ser una decisión que hay que repetir muchas veces, cada vez que el recuerdo vuelve.
El perdón comienza y se expresa también en actos de la voluntad: renunciar a la venganza, dejar de alimentar el deseo de hacer daño y entregar a Dios la deuda que el otro tiene con vos. Esa decisión puede necesitar ser renovada muchas veces y siempre está sostenida por la gracia. La paz y la capacidad de recordar sin quedar dominado por la herida suelen llegar después, en un proceso que no se puede forzar.
«No está en nuestro poder no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo transforma la herida en compasión» (Catecismo, 2843).
O sea: la Iglesia no te pide que sientas lo que no sentís. Te pide que ofrezcas el corazón. El trabajo de convertir la herida no lo hacés vos: lo hace Él, y suele llevar tiempo.
El Catecismo agrega algo que descarga mucho peso: este perdón no está al alcance del hombre solo, es participación de la misericordia de Dios (Catecismo, 2842 y 2844). Si te sale imposible con tus fuerzas, es porque lo es. Se pide.
Primero, una distinción importante: desear sinceramente perdonar y descubrir que la herida todavía te supera no es lo mismo que decidir alimentar el odio o la venganza. Ese deseo es un comienzo real; seguí pidiendo la gracia y dejate acompañar. Dios conoce el corazón, la libertad y el peso concreto de lo que viviste.
- Empezá por querer querer. Si no podés decir «lo perdono», decile a Dios la verdad: «no puedo, pero quiero poder». Eso ya es oración, y es suficiente para empezar.
- Rezá por esa persona, aunque sea con los dientes apretados. No hace falta que te salga con ganas. Podés empezar nombrándola delante de Dios y pidiendo que Él obre el bien, sin fingir que el daño no existió. La intercesión puede ir transformando el corazón con el tiempo.
- Pedí la gracia, no la fuerza. No se trata de apretar los dientes más fuerte: se trata de pedir algo que no tenés.
- Llevalo a la Confesión y a la Misa. Contáselo a un sacerdote con claridad. Participá de la Misa y, si estás debidamente dispuesto para comulgar, podés ofrecer la Comunión por esa persona.
- Repetilo cada vez que vuelva. El recuerdo va a volver. No es que no perdonaste: es que hay que volver a decidir. Con los años vuelve menos y duele menos.
- Pedí ayuda si el daño fue muy grande. Hay heridas —abuso, violencia, abandono— donde además del perdón hace falta acompañamiento, y a veces tratamiento. Buscarlo no es falta de fe.
Aprender a recibir el perdón de Dios. Si recibiste la absolución sacramental, los pecados confesados quedaron perdonados; eso no elimina la reparación que corresponda, pero sí impide tratarte como si la misericordia de Dios no fuera real. Si la culpa vuelve de manera insistente, puede haber una herida o escrúpulos, no necesariamente falta de fe: hablalo con un confesor estable y mirá Conciencia y escrúpulos.
Estar enojado con Dios. Pasa, sobre todo después de una muerte o de una injusticia. Dios no necesita que lo perdonen, porque no hizo nada malo · pero tu enojo es real y el mejor lugar para ponerlo es delante de Él. Job le reclamó de frente y terminó más cerca, no más lejos.
Lo dijo mientras lo estaban matando, no después, no cuando ya no dolía. Por eso cuando Él te pide perdonar no te está pidiendo algo que no haya hecho primero, y en peores condiciones que las tuyas. Y san Pablo lo resume para todos los días: «Sed benignos unos para con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente de la misma manera que Dios os ha perdonado a vosotros en Cristo.» (Efesios 4, 32).
No puedo decir que lo perdono con el corazón entero.
Pero quiero poder. Y eso te lo entrego hoy.
Te dejo la deuda que esa persona tiene conmigo · no la quiero cobrar yo.
Bendecila, y curame a mí.
Y si me toca ponerme a salvo o pedir justicia, dame la prudencia para hacerlo
sin odio en el corazón.
Amén.
Seguí por acá: cómo confesarse · las obras de misericordia · conciencia y escrúpulos · si estás atravesando algo. Y si lo que estás viviendo es violencia, no lo pases por alto: en No estás solo hay teléfonos que atienden ahora.
De dónde sale lo que dice esta página. Los versículos, de la Biblia de este sitio, palabra por palabra: Mateo 6, 14-15; Mateo 18, 21-22 y 33; Lucas 23, 34; Efesios 4, 32 y Romanos 12, 19. La doctrina, del Catecismo de la Iglesia Católica, en su explicación del Padrenuestro: el perdón como participación de la misericordia de Dios y no obra del hombre solo (2842; 2844), y la distinción entre el sentimiento que no se manda y el corazón que se ofrece al Espíritu Santo (2843). La relación entre perdón, memoria, justicia y rechazo de la venganza está desarrollada también en Fratelli tutti 250-252. El perdón cristiano no exige impunidad ni obliga a una víctima a restablecer una relación insegura.