Los Últimos Tiempos
Jesús va a volver. No es una forma de decir: lo rezamos cada domingo en el Credo, «y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Esta página reúne lo que anuncia la Escritura, lo que enseña la Iglesia y lo que dijeron los santos. Sin fechas y sin especulaciones.
Con este tema hay dos maneras de equivocarse: vivir como si Cristo no fuera a volver nunca, o vivir con miedo, buscando señales en cada noticia. La Iglesia propone una tercera: esperarlo despiertos y con esperanza. Lo que pasa con cada uno al morir —la muerte, el juicio, el cielo, el purgatorio y el infierno— está en Los Cuatro Últimos Fines. Acá hablamos del fin de la historia.
Para la Biblia, los «últimos tiempos» no empiezan mañana: empezaron con Jesús. La carta a los Hebreos dice que Dios «en los últimos días nos ha hablado a nosotros en su Hijo» (Hebreos 1, 2). Y San Juan escribía hace casi dos mil años: «Hijitos, es la hora final» (1 Juan 2, 18).
El Catecismo lo explica así: desde la Ascensión, el plan de Dios entró en su etapa final, y estamos ya en la «última hora» (CEC 670). El Reino de Dios ya está presente en la Iglesia, pero todavía no llegó a su plenitud. Vivimos entre las dos venidas de Cristo: la primera, en la humildad de Belén; la segunda, en la gloria.
Por eso cada generación de cristianos vive atenta. No porque alguien sepa la fecha, sino porque el Señor puede venir en cualquier momento. Y porque, para cada uno, el encuentro con Él llega a más tardar el día de su muerte.
Jesús y los apóstoles hablaron de lo que va a preceder al fin. No lo hicieron para que calculemos, sino para que no nos agarre desprevenidos ni nos engañen.
- El Evangelio en todo el mundo. «Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, en testimonio a todos los pueblos. Entonces vendrá el fin» (Mateo 24, 14).
- Engaños y falsos profetas. «Surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán cosas estupendas y prodigios, hasta el punto de desviar, si fuera posible, aún a los elegidos» (Mateo 24, 24). Lo primero que dijo Jesús sobre el fin fue: «Cuidaos que nadie os engañe» (Mateo 24, 4).
- La caridad que se enfría. «La caridad de los más se enfriará. Mas el que perseverare hasta el fin, ése será salvo» (Mateo 24, 12-13). Y una pregunta de Jesús que da que pensar: «cuando vuelva, ¿hallará por ventura la fe sobre la tierra?» (Lucas 18, 8).
- La apostasía y el «hombre de iniquidad». San Pablo avisa que «primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad», que se pondrá en el lugar de Dios; pero el Señor Jesús lo destruirá «con la manifestación de su Parusía» (2 Tesalonicenses 2, 3-8).
- El Anticristo y los anticristos. San Juan dice que viene el Anticristo, pero también que «ahora muchos se han hecho anticristos» (1 Juan 2, 18), y da un criterio: el mentiroso es «el que niega que Jesús es el Cristo» (1 Juan 2, 22). No es sólo alguien del futuro: es un espíritu que ya obra cada vez que se niega a Cristo.
- La conversión de Israel. San Pablo anuncia que, cuando haya entrado la plenitud de los paganos, «todo Israel será salvo» (Romanos 11, 25-26; CEC 674).
- La tribulación y las señales en el cielo. Jesús habla de una gran tribulación y de que «el sol se oscurecerá, y la luna no dará más su fulgor» (Mateo 24, 29). Es el lenguaje de los profetas: toda la creación se conmueve ante la venida de su Señor. La Iglesia no pide adivinar cómo se va a cumplir, sino estar preparados.
El Catecismo lo dice sin rodeos: «Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes» (CEC 675).
Esa prueba va a tomar la forma de una «impostura religiosa»: una solución aparente a los problemas de los hombres, a cambio de apostatar de la verdad. Su forma suprema es la del Anticristo, un falso mesianismo en el que el hombre se glorifica a sí mismo en lugar de Dios y de su Cristo (CEC 675).
El Catecismo agrega algo muy importante: esa impostura ya se asoma cada vez que se pretende realizar dentro de la historia la esperanza que sólo se cumple más allá de ella, con el juicio de Dios. Por eso la Iglesia rechazó el milenarismo y todo mesianismo secularizado (CEC 676).
Y lo decisivo: la Iglesia no va a llegar a la gloria por un triunfo histórico que vaya creciendo de a poco, sino siguiendo a su Señor en su muerte y su Resurrección. Su victoria será la victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (CEC 677).
Por eso la prueba no es motivo de pánico. Jesús prometió: «las puertas del abismo no prevalecerán contra ella» (Mateo 16, 18), y también: «Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo» (Mateo 28, 20).
«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre… y verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gloria grande. Y enviará sus ángeles con trompeta de sonido grande» (Mateo 24, 30-31). La tradición vio en esa «señal» la Cruz.
No va a ser una venida escondida: «así como el relámpago sale del Oriente y brilla hasta el Poniente, así será la Parusía del Hijo del hombre» (Mateo 24, 27). Todos lo van a ver.
«El mismo Señor, dada la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero» (1 Tesalonicenses 4, 16). Resucitaremos con nuestro propio cuerpo, transformado por la gloria (CEC 999), «en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final» (1 Corintios 15, 52).
Entonces se cumplirá lo que dice San Pablo: «El último enemigo destruido será la muerte» (1 Corintios 15, 26).
«Cuando el Hijo del hombre vuelva en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará sobre su trono de gloria, y todas las naciones serán congregadas delante de Él» (Mateo 25, 31-32).
Frente a Cristo va a quedar al descubierto la verdad de la relación de cada uno con Dios, y se va a ver que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias de la historia y que su amor es más fuerte que la muerte (CEC 1039-1040). El criterio ya lo conocemos: «en cuanto lo hicisteis a uno solo, el más pequeño de estos mis hermanos, a Mí lo hicisteis» (Mateo 25, 40). El juicio de cada uno inmediatamente después de la muerte está explicado en Los Cuatro Últimos Fines.
«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado» (Apocalipsis 21, 1). San Pedro lo dice así: «esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia» (2 Pedro 3, 13).
No es la destrucción de lo creado: es su renovación. La creación entera va a participar de la gloria de los hijos de Dios (CEC 1042-1047). Y Dios «les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más» (Apocalipsis 21, 4).
Los santos esperaron la venida del Señor con amor, y también dejaron avisos para no equivocarse.
Y un papa de nuestro tiempo, Benedicto XVI, resumió por qué el juicio no es para tenerle miedo:
Sobre este tema circula mucho que no es católico. Para no confundirse:
- Fechas. «En cuanto al día aquel y a la hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, sino el Padre solo» (Mateo 24, 36). El que anuncia una fecha contradice a Jesús.
- Un reino terrenal de mil años. La Iglesia rechazó el milenarismo, la idea de que Cristo va a reinar en la tierra un tiempo antes del fin (CEC 676).
- Un «rapto» secreto. Algunas comunidades evangélicas enseñan que los cristianos van a desaparecer en secreto antes de la tribulación. La Iglesia no lo enseña: espera una sola venida gloriosa de Cristo, visible para todos. Cuando San Pablo dice que «seremos arrebatados… al encuentro del Señor» (1 Tesalonicenses 4, 17), habla de ese encuentro, no de otro anterior.
- Ponerle nombre y apellido al Anticristo. En la historia se lo señaló muchas veces, y siempre con error. Lo que sí podemos es reconocer su espíritu donde se niega a Cristo (1 Juan 2, 22), empezando por nuestro propio corazón.
- Revelaciones privadas como si fueran doctrina. Aun las aprobadas por la Iglesia no agregan nada a la fe ni obligan a creerlas (CEC 67). Desconfiá de las que ponen fechas o siembran terror.
Jesús no dijo «calculen». Dijo: «¡Mirad!, ¡velad! porque no sabéis cuándo será el tiempo» (Marcos 13, 33). Y velar es esto:
- Estar en gracia. Las vírgenes prudentes tenían aceite cuando llegó el novio, y ese aceite no se consigue a último momento (Mateo 25, 1-13). La confesión frecuente es el aceite.
- Conocer bien la fe. Contra una impostura religiosa, el remedio es la verdad: la Escritura y el Catecismo.
- Rezar y comulgar. Nadie persevera solo. La Eucaristía es el pan del camino.
- Mantener viva la caridad. Jesús avisó que se iba a enfriar, y el examen final es sobre el amor. Las obras de misericordia son la manera concreta.
- No perder la paz. «¡Mirad que no os turbéis!» (Mateo 24, 6). «En el mundo pasáis apreturas, pero tened confianza: Yo he vencido al mundo» (Juan 16, 33).
Casi nadie lo nota, pero la esperanza de su venida la rezamos todos los domingos:
- En el Credo: «y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».
- Después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!».
- Después del Padrenuestro, el sacerdote pide que vivamos libres de pecado y protegidos de toda perturbación, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
que vas a volver con gloria
a juzgar a vivos y muertos:
que me encuentres velando,
con la lámpara encendida,
en gracia y amando.
Guardame de todo engaño,
que no se enfríe mi caridad
y que no pierda la paz.
Ven, Señor Jesús.
Amén.
Apocalipsis 22, 20