La Preciosísima Sangre de Jesucristo
La devoción a la Sangre de Cristo es tan antigua como la Iglesia misma. Los Padres y los Doctores meditaron sobre ella desde los primeros siglos. Pero la fiesta universal del 1 de julio tiene un origen muy concreto y muy conmovedor.
En 1822, en Roma, el Beato Francesco Albertini funda la Cofradía de la Preciosísima Sangre en la iglesia de San Nicolás. La devoción se expande rápidamente. Cuando, en 1849, el papa Pío IX debe huir de Roma a causa de la revolución, se refugia en Gaeta. Allí, en el dolor del exilio y de la Iglesia perseguida, hace un voto solemne: si el Señor le devuelve la libertad y la paz, extenderá a toda la Iglesia la fiesta de la Preciosísima Sangre.
Dios escuchó su oración. Pío IX volvió a Roma, y el 10 de agosto de 1849, cumpliendo su promesa, instituyó la fiesta universal de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo · que desde entonces se celebra el 1 de julio. Más de un siglo después, en 1960, San Juan XXIII confirmaría y profundizaría esta devoción con la Carta Apostólica Inde a Primis, y aprobaría las Letanías que rezamos hoy.
La tradición católica medita siete momentos en que la Sangre del Salvador fue derramada por nosotros. Son los siete derramamientos visibles en su Pasión · cada uno tiene un sentido propio y un fruto de gracia para los que lo veneran.
- La CircuncisiónA los ocho días de su nacimiento, el Niño Jesús cumplió la Ley de Moisés y derramó su primera Sangre por nosotros. Anticipo del Calvario en la inocencia de su carne recién nacida.— Lucas 2, 21
- El sudor de Sangre en GetsemaníEn su agonía nocturna, ante el peso de los pecados del mundo, su sudor «se hizo como gotas espesas de sangre que caían sobre la tierra». Lágrimas rojas anticiparon la Cruz.— Lucas 22, 44
- La Flagelación en el pretorioAtado a una columna, fue azotado salvajemente por los soldados de Pilato. Su Sangre cubrió el suelo del pretorio. Por sus llagas, dice Isaías, hemos sido curados.— Mateo 27, 26 · Isaías 53, 5
- La Coronación de espinasLe tejieron una corona de espinas y la clavaron en su cabeza. La Sangre corrió por su rostro hasta los hombros. Coronado como Rey burlado, era nuestro verdadero Rey siendo coronado.— Marcos 15, 17
- El camino al CalvarioCargó la Cruz por las calles de Jerusalén, cayendo tres veces. Cada caída arrancó nueva Sangre del rostro herido. El camino de su Pasión quedó marcado por sus propias gotas.— Lucas 23, 26-32
- La CrucifixiónLos clavos atravesaron sus manos y sus pies. Por más de tres horas, su Sangre cayó sobre la tierra del Gólgota desde la altura de la Cruz. Es la gran efusión visible · la del sacrificio cumplido.— Lucas 23, 33
- La lanzada del costadoYa muerto en la Cruz, el soldado Longino abrió su costado con la lanza · y al instante salió sangre y agua. La última gota fue ofrecida desde su Corazón abierto. De allí nació la Iglesia y los Sacramentos.— Juan 19, 34
Esto es lo que cambia todo: la Sangre de Cristo no quedó en el siglo I. Está aquí. En cada Misa, sobre cada altar católico, el vino consagrado se convierte realmente — no simbólicamente — en la Sangre del Señor. Por eso al recibir la Comunión, recibimos la misma Sangre que redimió al mundo en el Calvario.
Por eso la Misa es el centro de toda esta devoción. Cada vez que el sacerdote eleva el cáliz consagrado, lo que muestra al cielo y a la tierra es la Preciosísima Sangre · presente real y verdaderamente. Nada de lo que hagamos en oración personal sustituye esta presencia. Pero todo lo que rezamos personalmente — letanías, oraciones, meditaciones — prepara nuestro corazón para vivir la Misa con fe verdadera.
Estas son las Letanías tradicionales, aprobadas por San Juan XXIII en 1960. Se rezan generalmente alternadas: el sacerdote o quien dirige dice la invocación, y los demás responden «sálvanos».
- Señor, ten piedad. — Señor, ten piedad.
- Cristo, ten piedad. — Cristo, ten piedad.
- Señor, ten piedad. — Señor, ten piedad.
- Cristo, óyenos. — Cristo, óyenos.
- Cristo, escúchanos. — Cristo, escúchanos.
- Dios Padre celestial, — ten misericordia de nosotros.
- Dios Hijo, Redentor del mundo,
- Dios Espíritu Santo,
- Santísima Trinidad, un solo Dios,
- Sangre de Cristo, Unigénito del Padre Eterno,
- Sangre de Cristo, del Verbo de Dios encarnado,
- Sangre de Cristo, de la Nueva y Eterna Alianza,
- Sangre de Cristo, derramada en el huerto sobre la tierra,
- Sangre de Cristo, brotada en la flagelación,
- Sangre de Cristo, manada en la coronación de espinas,
- Sangre de Cristo, vertida en la Cruz,
- Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación,
- Sangre de Cristo, sin la cual no hay perdón,
- Sangre de Cristo, en la Eucaristía bebida y purificación de las almas,
- Sangre de Cristo, río de misericordia,
- Sangre de Cristo, vencedora de los demonios,
- Sangre de Cristo, fortaleza de los mártires,
- Sangre de Cristo, virtud de los confesores,
- Sangre de Cristo, que haces brotar a las vírgenes,
- Sangre de Cristo, sostén de los amenazados,
- Sangre de Cristo, alivio de los que sufren,
- Sangre de Cristo, consuelo de los que lloran,
- Sangre de Cristo, esperanza de los penitentes,
- Sangre de Cristo, consuelo de los moribundos,
- Sangre de Cristo, paz y dulzura de los corazones,
- Sangre de Cristo, prenda de la vida eterna,
- Sangre de Cristo, que liberas a las almas del Purgatorio,
- Sangre de Cristo, dignísima de todo honor y gloria,
- Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, — perdónanos, Señor.
- Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, — escúchanos, Señor.
- Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, — ten misericordia de nosotros.
- ℣. Nos has redimido, Señor, con tu Sangre.
℟. Y nos has hecho para nuestro Dios un reino.
Oh Dios todopoderoso y eterno, que constituiste a tu Hijo unigénito Redentor del mundo, y quisiste ser aplacado con su Sangre: concédenos venerar con tal devoción el precio de nuestra salvación y sentirnos por su virtud defendidos en esta tierra de los males presentes, que gocemos eternamente del fruto en el cielo.
Por el mismo Cristo, Nuestro Señor. Amén.
Padre Eterno, te ofrezco la Preciosísima Sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con todas las Misas que se celebran hoy en el mundo, por todas las Santas Almas que están en el Purgatorio, por los pecadores de la Iglesia universal, por los de mi propia casa y por los de mi familia.
Amén.
«Padre Eterno, te ofrezco la Preciosísima Sangre de Jesús · para reparación de mis pecados · y por las necesidades de la Santa Iglesia.»
Se reza brevemente · a lo largo del día · uniéndose al sacrificio de Cristo.